Subversión o Barbarie. Reflexiones sobre las jornadas con Franco Berardi, Bifo.

Subversión o Barbarie. Reflexiones sobre las jornadas con Franco Berardi, Bifo.

Javier de Rivera y Coral Nieto

La visita de Franco Berardi al ciclo Seis contradicciones y el fin del presente del Centro de Estudios del Museo Reina Sofía, nos permitió conectar con su trabajo de largo recorrido, teórico e histórico, en la investigación de las nuevas formas de dominación que gobiernan las nuevas relaciones productivas y de consumo. Este texto del Grupo de Estudios Críticos sintetiza los aprendizajes y conclusiones que hemos extraído de su visita.

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Primera Parte: La mutación antropológica

La naturaleza del ser humano no está sujeta a un arquetipo definido, sino que es una realidad abierta que auto-construimos colectivamente a través del lenguaje, la cultura y las formas de organización social. Para describir la esencia de estos cambios sociales derivados del intenso proceso de digitalización y automatización mediática, Bifo utiliza el concpeto de “mutación antropoológica, término prestado del cineasta Pier Paolo Pasolini, para indicar que lo que ha mutado es la forma de ser humano.

Las tecnologías digitales han cambiado el modo en que nos comunicamos, han introducido nuevos códigos lingüisticos, transformando la naturaleza del lenguaje: Desde hace décadas las personas aprenden más palabras de una máquina que de su madre o cualquier otro ser humano, nos recuerda Bifo. Primero fue la televisión, ahora son los móviles y ordenadores conectados a Internet.

El concepto de “Lengua Materna” pierde su sentido ante la pervasividad de los contenidos digitales. Las redes sociales-digitales nos conectan pero no nos acercan, pues introducen la mediación tecnológica de la máquina en toda relación humana. Los mensajes, la comunicación, pasan por el filtro implacable de lo digital y su código binario, bloqueando la sensibilidad de la comunicación interpersonal.

Nos recuerda Bifo que el principal problema de esta mutación es el modo en que perdemos la sensibilidad de percibir las sutilezas de lo humano en la comunicación. Las palabras, los códigos, no dicen solo lo que significan, son también vehículo para la comunicación de lo ininteligible, lo inefable, lo inconsciente. Esta suele ser la parte mas importante del mensaje, lo que en realidad se quiere transmitir, lo que en realidad se experimenta… y que, como lo Real lacaniano, está más allá del lenguaje y solo puede ser percibido con el cuerpo. La sensibilidad compartida es el medio por el que esa comunicación esencial se produce, y eso requiere la presencia de los cuerpos. Solo la presencia nos lleva más allá del lenguaje.

De ahí el alcance de la mutación antropológica de lo digital. Cuando la mayor parte de la comunicación socialmente significativa es transmitida digitalmente, se transforma nuestra forma de experimentar al otro. Perdemos la sensibilidad para entenderle realmente y para entendernos a nosotras mismas. La pérdida de sensibilidad afecta también a aquello que más nos determina, la configuración del deseo. Los matices inexplicables del gusto terminan reducidas al binarismo de “si” me gusta y el “no” me gusta. Un código fácil para mercantilizar el consumo, pero imposible para construir una sensibilidad compartida.

La cuantificación y medición del gusto hace más manipulable nuestro deseo. El gusto que se codifica pierde su profundidad para convertirse en una abstracción del valor, similar al dinero, una nueva currency con la que se nos invita a entrar en el mercado del gustar. Las subjetividad pragmática y utilitarista del mercado se extiende por la sociedad. A través de la configuración comercial de lo digital, el cáncer del mercantilismo hace metástasis en cada aspecto de nuestras relaciones. Frenarlo requiere recuperar la sensibilidad fomentando el contacto humano directo y la presencialidad de la experiencia.

 

La mutación en el territorio de lo sensible

En el momento actual de hipermediación digital, se acusa una saturación en el ámbito de lo sensible, quedando nuestra capacidad de sentir sometida al continuo proceso de transformación del individuo en devenir máquina. Por un lado, el carácter patológico de esta mutación antropológica de la sensibilidad tiene consecuencias inmediatas en nuestra vida, afectando directamente a la esfera afectiva emocional. Por otro, fenómenos como el automatismo, la virtualización y la des-sensibilizaciónson son detonantes de la irremediable desaparición de la compresión erótica del otro, lo que se entiende bajo la mirada apocalíptica y profética de Bifo como un mundo “post-humano”.

Así, como respuesta a la intromisión del capitalismo cognitivo actual en el territorio de la experiencia, surge la urgencia de concebir y desarrollar nuevos dispositivos formales y cognitivos, así como nuevas formas de subjetividad. Para hacerlo, Bifo apela a la potencialidad de “trabajadores cognitivos”, quienes cuentan con dos herramientas altamente potentes en tiempos post-fordistas: la técnica y la imaginación. En cualquier caso, cada una de nosotras debe tratar de recuperar la sensibilidad por todos los caminos posibles.

 

Segunda parte: Recuperar la potencia de la crítica

La decadencia de la crítica

La expansión de lo digital sobre todas las formas de comunicación ha provocado una degradación del espíritu y del pensamiento crítico. Contrariamente a lo que pudiera haber parecido años atrás, la abundancia informativa y la amplificación ad infinitum de las posibilidades de producción y transmisión de códigos y productos culturales ha trabajado en contra de la reflexión crítica.

Ya decía McLuhan que el desarrollo de las tecnologías comunicativas no iba a favorecer el desarrollo de una gran Biblioteca de Alejandría, sino de una “aldea global” gobernada por el miedo y la superstición. Se refería al modo en que la radio y la televisión globalizaban la oralidad y los códigos visuales, debilitando la preeminencia de lo textual, y con ello la capacidad crítica que habíamos heredado de la Ilustración.

Las tecnologías digitales permiten el desarrollo del texto, pero no por ello se contrarresta la tendencia de los mass media. A pesar de la mayor disponibilidad de información textual, la imagen gobierna la comunicación digital. El texto queda reducido a un mero acompañante, y su profundidad es degradada por la rapidez del ritmo de exposición. En estas condiciones, la capacidad de reflexión crítica, asociada a la lectura y al diálogo, queda en jaque por las imágenes y los memes que apelan a emociones básicas: miedo, sexo y humor.

En palabras de Bifo, la “infoesfera sensitiva”, entendida como la inteface entre los medios y la mente, recibe constantemente señales y estímulos producto de la “hiper-producción semiótica” de las redes digitales. Así, el cerebro, condicionado por el campo de actuación de la máquina, aumenta su potencia de funcionamiento en una mutación constante de signos. En este sobreestímulo de acción y percepción, la capacidad crítica del individuo colapsa.

Bifo se mostró pesimista frente a las posibilidades de recuperación del espíritu crítico y de la capacidad reflexiva, especialmente ante la superficialidad informativa que favorece argumentos falaces a favor de las posiciones de extrema derecha. Sin embargo, desde el GEC pensamos que es posible y necesario recuperar la potencialidad del pensamiento crítico, a través de la revitalización del texto y la discusión presencial.

 

Impotencia

Para lograrnos nos enfrentamos a lo que Bifo señala como el signo de los tiempos: la impotencia. De una forma simbólica, la amenaza de la impotencia hace referencia a la pérdida de autoridad-poder del “hombre blanco adulto”, pero de una forma más práctica se refiere a la pérdida generalizada de potencia para actuar en el mundo.

La abundancia informativa del universo digital multiplica sin límite las posibilidades de acción, de comunicación, de consumo. Nos ofrece la posibilidad infinita de elegir, pero también la exigencia infinita de esforzarnos para ser elegidos.

La expresión de la potencia requiere del establecimiento de una posibilidad entre muchas, de la exclusión de opciones para concentrar la energía social en una sola dirección y que nuestros actos tengan efecto. Ante la presencia constante y pervasiva de múltiples opciones de consumo y de acción, el sujeto agente queda desarmado y confuso, siendo imposible la aglutinación de fuerzas sociales para lograr el cambio. La potencia para actuar no es infinita, por eso necesitamos concentrarla, eliminar las opciones superfluas y secundarias, para lograr cambios tangibles, reales.

Según Bifo, la expresión de la potencia tiene dos vías:

  • La primera es el Poder, impositivo y opresivo que niega la posibilidad de elección reafirmando desde arriba una sola dirección. Ante la impotencia, el Poder trata de reafirmarse con la manipulación y la extorsión, como un “supremachismo” blanco y racista.
  • La segunda es la de la Autonomía que emerge de la autoafirmación colectiva, es decir, de la concentración positiva en la posibilidad capaz de aglutinar los deseos y anhelos colectivos, comunitarios; porque no hay autonomía sin comunidad.

Ambas formas de potencia se encuentran amenazadas por el imperio de la máquina, de los automatismos que regulan nuestra acción, nuestros deseos y hasta nuestras decisiones. Si bien, la vía del Poder encuentra con más facilidad alianzas entre los automatismos de la megamáquina—por citar a Lewis Mumford—diseñada para concentrar capital al servicio de una abstracción económica.

 

El comunismo que viene

La gran propuesta de Bifo ante estos retos es recuperar el término “comunismo”, rescatarlo del estigma y el prejuicio. En este sentido, es relevante el carácter ambiguo y polisémico del término “común” que reenvía implícitamente al de “comunismo”, entendido como sistema político organizado en torno a una comunidad productiva. Así pues, cooperar implica también crear condiciones de libertad y autonomía a través de la producción colectiva. De este modo, el común se construye a partir del sobrante de potencia que cada uno puede aportar para la reconstitución del mundo.

Recuperar y reinterpretar el concepto del “comunismo” requiere, por un lado, volver a conectar con el sentido primitivo del término, esto es, el de la vuelta a una sociedad sin clases; y por el otro lado, vaciarlo de significados superfluos y contigentes para cargarlo de nuevas posibilidades creativas. Ambas vías confluyen en la necesidad de una reivindicación del comunismo como potencialidad capaz de destronar al capitalismo devastador, para repensar los procesos de estructuración social, producción y democratización. La necesidad de superar las limitaciones del presente, hace que la palabra “comunismo” adquiera unas connotaciones proféticas que apelan a un sentir colectivo en la expresión de nuevas formas de comunicarse y crear comunidades.

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